Acabo con ellos
Rosa García limpiaba mansiones de ricos en San Pedro durante 15 años. Conocía cada rincón de lujo que jamás podría pagar. Sabía dónde guardaban el tequila de $400, las botellas que costaban más que su salario mensual. Para los patrones, ella era invisible, una más de las empleadas que servían tragos y limpiaban copas de cristal.
Pero en febrero de 2019 algo cambió. Su hija Valeria, estudiante de enfermería, fue arrancada de una parada de camión en plena avenida Gonzalitos. 48 horas después apareció muerta en un valdío de la colonia moderna. La fiscalía archivó el caso y Rosa, la mujer invisible, decidió que si el sistema no haría justicia, ella misma la cobraría.
Entre 2019 y 2021, 13 sicarios del cártel del noreste cayeron muertos tras beber en fiestas donde Rosa servía las copas. Nadie sospechó de la señora del delantal hasta que fue demasiado tarde. Rosa Elena García Morales nació en 1972 en la colonia Independencia de Monterrey, en una casa de concreto donde el agua llegaba cada tercer día y las tortillas se compraban por kilo en la tiendita de la esquina.
Creció viendo a su madre lavar ropa ajena, planchar camisas de oficinistas que nunca conoció, fregar pisos de casas. que jamás visitó. A los 16 años, Rosa dejó la secundaria y entró al mismo oficio. No hubo ceremonia ni despedida, solo un mandil prestado y la dirección de una casa en San Pedro Garza García, garabateada en un papel.
El primer día tomó dos camiones, línea uno desde Independencia hasta el centro, luego Ruta 200 subiendo hacia las colonias de ricos. El trayecto duraba hora y media. Aprendió a dormir parada con la cabeza recargada en el tubo de metal, despertándose justo en su parada como si tuviera un reloj interno. Durante 30 años repitió esa ruta.
Mismos camiones, mismos horarios, misma invisibilidad. En 2004, Rosa ya trabajaba en siete casas diferentes. Lunes y jueves, en la residencia del licenciado Hernández, un abogado que nunca la saludaba, pero dejaba propina de 50 pesos sobre la barra de la cocina. Martes y viernes con la familia Garza, donde había que limpiar cuatro baños de mármol y una alberca que Rosa jamás vio a nadie usar.
Miércoles con los Treviño, empresarios que organizaban asados cada fin de semana y la contrataban extra para servir bebidas. Sábados rotaba, entre otras tres casas más pequeñas. Ganaba 4500 pesos al mes, sumando todo, más propinas que podían agregar otros 800 o 1000. Con eso pagaba renta de un departamento de dos cuartos en independencia, luz, agua, gas, comida y la colegiatura de Valeria.
No sobraba nada, pero tampoco faltaba. Rosa era meticulosa, puntual, silenciosa. Los patrones la recomendaban. Es muy buena, muy confiable, decían. Ninguno sabía su apellido completo. La llamaban Rosita o simplemente señora. Rosa aprendió cosas que los ricos no sabían que ella aprendía.
Aprendió que el tequila don Julio 1942 costaba 4000 pesos la botella y se guardaba en vitrinas con llave. Aprendió que el whisky McAlan de 25 años valía más que 3 meses de su sueldo. Aprendió dónde escondía en efectivo. Cajones del buró, cajas fuertes disimuladas detrás de cuadros, sobres en libreros.
Nunca robó ni un peso ni una vez. No por miedo, sino porque su madre le enseñó que la pobreza no justificaba la deshonra. Podemos ser pobres, mi hija, pero no rateras. Rosa cargó esa frase toda su vida. Limpiaba con esmero, planchaba con precisión milimétrica. Servía tragos en fiestas de patrones con la misma discreción con que limpiaba baños.
Era tan invisible que los hombres hablaban frente a ella como si no existiera. Escuchó conversaciones de negocios turbios, escuchó nombres de políticos que recibían sobres. Escuchó risas sobre mercancía y envíos que claramente no eran legales. Rosa nunca dijo nada, solo limpiaba, servía y se iba. Hasta que todo cambió. Valeria nació en 2000.
Rosa tenía 28 años y acababa de separarse de un hombre que la golpeaba cada vez que llegaba borracho. No hubo divorcio porque nunca hubo matrimonio, solo una huida nocturna con una maleta y una bebé envuelta en cobijas. Rosa rentó el departamento de independencia y juró que Valeria tendría lo que ella nunca tuvo.
Educación. La niña creció entre uniformes limpios y útiles escolares completos. Rosa nunca faltó a una junta escolar, nunca dejó de pagar una colegiatura. Cuando Valeria entró a la preparatoria, Rosa trabajó domingos extra para pagarle clases de inglés. Cuando Valeria pasó el examen de admisión para enfermería en la UANL, Rosa lloró en el camión de regreso a casa.
Lo lograste, mija. Vas a ser la primera García con título universitario. Valeria abrazó a su madre y le prometióque cuando se graduara, Rosa nunca más limpiaría casas ajenas. Te voy a mantener, mami. Vas a descansar. Rosa sonró, pero por dentro pensó que eso jamás pasaría. Ella limpiaría casas hasta que el cuerpo aguantara.
Era lo único que sabía hacer. Los domingos eran sagrados. Rosa y Valeria iban a misa de ocho en la catedral de Monterrey. Luego caminaban hasta el Mercado Juárez a comer tacos de barbacoa. Siempre pedían lo mismo. Tres de maciza para Rosa, cuatro de surtida para Valeria, dos refrescos de vidrio helados. Costaba 120
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